Gabriel García Márquez una vez dijo que estaba impresionado de todo lo que se podía lograr simplemente con 28 letras y dos manos, que desde que tenía 17 años se sentaba a escribir con la única intención de llenar una hoja en blanco con algo que jamás se hubiera escrito por nadie. Yo hago lo mismo, me gusta expresarme a través de la escritura, sin el temor de que lo que diga sea juzgado o criticado por otras personas. Todo comenzó una noche hace como 14 años con un block y una botella de ron, estaba solo en mi casa, y tal como hoy era viernes, me senté y comencé a escribir y no pude detenerme hasta que la claridad del día me sorprendió con el borrador de mi primera novela, la cual titulé “La Noche” y que de desde entonces le voy agregando cosas y lo que eran apenas 18 páginas hoy en día son más de 200.
La Noche es una historia sencilla, llena de nostalgia y de recuerdos, trata de una fiesta que ofrece un excompañero de bachillerato luego de 20 años, las expectativas de un reencuentro con antiguos amigos después de tanto tiempo, las ganas de perdonar y ser perdonado, el temor de seguir amando, la nostalgia por la juventud que ya se fue, en fin, una historia cargada de melancolía y absoluta belleza alrededor de un grupo de 6 personas que entre sí hacen de esa “noche” un encuentro fantástico, sublime e inolvidable.
Fue narrada sin pretensiones, una vorágine entre ficción y realidad que se convirtió en una excusa para desarrollar un prolongado encuentro con mi verdadera pasión: escribir.
Desde entonces no he dejado de escribir, sin detenerme a pensar si lo que hago está bien o está mal, sin esa crítica represiva por la colocación de un punto o una coma, sin ese desdén amargo y frustrante de pensar que pierdo mi tiempo, cuando escribo hay coraje, hay ternura, hay desahogo, hay miles de emociones que solo mi hoja y yo podemos comprender.
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