lunes, 26 de octubre de 2020

De mi

Soy diferente, pocos saben que hace un par de años me subí a lo alto de una montaña y grité su nombre con tanta fuerza que se alejó para siempre todo mi dolor.

Ahora vivo solo, me gusta hablar con las plantas y oler las mandarinas antes de comérmelas. 

Sueño a diario con el mar y me asusta su grandiosidad, si supiera nadar no sentiría ese temor. 

Tengo un presente frágil, de inquietante espera, de no saber que espero. 

Tengo coraje ahorrado pero aun no aprendo a pelear. 

Ayer escuchaba música, hoy escucho el silencio, y me interrumpe la ilusión de tus pasos. 

Y ya no está tu espalda esperándome a un lado de la cama, ni tu mirada enamorada sosteniendo una taza de café por las mañanas. 

Entonces vuelvo a escribir, como antes.

lunes, 19 de octubre de 2020

Día de los desenamorados


     Hace unos días visite a mi mamá y nos sentamos a conversar en el patio de atrás de su casa refugiándonos del sol inclemente de la 1 de la tarde. Hablábamos de cosas sin importancia, ella me contaba el problema del agua que viene de noche pero no de día, de las nuevas palabras que ha aprendido a decir Sebastián, de sus ganas de pintar el porche, y yo la escuchaba paciente porque siempre me han gustado sus gestos y sus expresiones. Mi mamá tiene un don muy particular: sabe transmitir una emoción como ninguna otra persona, sabe conseguir atención si se lo propone y envuelve por su falta de monotonía, por la variedad de sus palabras y por su creciente deseo de seguir hablando mientras mas atención se le presta. Pero hubo un momento en que se dio cuenta que yo quería decirle algo y entonces hizo una pausa larga para encender un cigarrillo, me miró y me preguntó: - ¿y a ti como te va?- Y ese, precisamente ese, era el punto clave, me iba bien pero me sentía mal. Comencé a hablarle de ese vacio inexplicable que se siente cuando se deja de amar y cuando pasan los días y no aparece nadie más a quien querer. Le dije que me sentía tan neutro como deben sentirse las almas errantes del limbo de Dante, que en mí no había amor por nadie, no había dolor ni pena, que simplemente estaba pasando por un periodo de absoluta “sequia sentimental”. Le dije que aparte del 14 de febrero era necesario crear el “día de los desenamorados” para personas que, como yo, ya dejaron de amar y estamos atentos y vigilantes a la espera de esa persona especial que nos arranque de un tajo el corazón. Un día para aquellos que somos felices con la persona que tenemos al lado pero que por la cual sentimos mas agradecimiento que amor. Un día en que los restaurantes estén repletos de solteros alegres que se emborrachen y terminen rompiendo platos como en las bodas griegas. Un día en que el mejor regalo sea despertar en una panadería comiéndose una caracola con café sin la preocupación de hacer mas nada por otra persona que no sea uno mismo.
     Mi mamá me escuchaba boquiabierta y cuando terminé de hablar arrugó mas su frente y me dijo: - Si hablas pendejadas, tu lo que estás es falto de mujer!
     Detrás de mi Sebastián sacudió sus verdes alas dentro de la enorme jaula y comenzó a imitar la risa despiadada de mi mamá, yo me encogí de hombros y me tomé de un tiro lo que quedaba de mi cerveza, olvidando por completo la novedosa idea de crear un día para personas que, como yo, no han vuelto a enamorarse.

lunes, 12 de octubre de 2020

Les tengo un chisme!

     La imprudencia en el hablar, la transfiguración de un comentario, la impertinencia de querer saber algo, la calumnia y la mentira, la crítica destructiva y malintencionada, la provocación de un hecho perjudicador, el lenguaje irónico y con doble sentido, la mirada inquisidora, así como el gesto desafiante, llegan a ser los obstáculos que nos encontramos a diario en cualquier lugar y a cualquier hora. Cada quien es dueño de sus acciones pero nadie puede perturbar nuestra voluntad de querer ser feliz, de querer habitar en un mundo cordial y tolerante. Me refiero a este tema porque esta semana estuve reflexionando acerca de lo importante que es una palabra lanzada al viento, del daño que puede hacer una coma mal colocada o un énfasis especial en alguna sílaba. Hace algunos años vi una película llamada “La Duda” donde un sacerdote explicaba que un chisme es como rasgar una almohada y dejar escapar unas plumas que  jamás retornarán a su lugar. Un chisme deja huellas, hace daño y no da cabida a la razón ni a la explicación válida, convirtiéndose en la marca imborrable y perpetua para la persona afectada. Cada palabra que digamos debe estar precedida por unas milésimas de segundo de reflexión, los grandes oradores se toman ese tiempo que les permite colocar la intencionalidad de una frase en el lugar adecuado, dando importancia al hablar pausado, permitiendo que el pensamiento trabaje y reacomode lo que dirán.
     Por mi parte he aprendido a utilizar más los monosílabos, a dar respuestas cortas, a decir “un momento, déjame pensar”, a mirar a los ojos cuando estoy seguro de algo y a bajar la mirada para decir “no lo sé”. También estoy tratando de escuchar más y hablar menos, a huir de las discusiones que son manejadas con la pasión y sin la razón, a saber que mi fortaleza radica en reconocer que las fallas comunicacionales están en mí y no en el otro, a guardarme la palabra “disculpa” para un momento verdaderamente necesario.
     En un mundo que avanza a una velocidad casi vertiginosa es necesario reflexionar acerca del modo de comunicarnos, a manejar de forma responsable el músculo mas fuerte que tiene nuestro cuerpo, esa lengua capaz de hacer tanto daño pero a la que  tan sólo basta agregarle una pizca de prudencia y un toque de buena intención.  
“Porque de la abundancia del corazón habla la boca”
Mateos 12:34


lunes, 5 de octubre de 2020

No mija!

     Es impresionante como algunas personas se refieren a la soledad como si fuera algo difícil de soportar o una situación de la cual hay que escapar. La soledad es para muchos la causa indiscutible de cualquier malestar, la razón inequívoca para sentirse indefenso ante las eventualidades de la vida. Algunos limitan la soledad al mero hecho de no tener una relación sentimental, a identificarse con el fin de su mundo interno, a desencadenar una tristeza inexplicable por culpa de alguien que ya no está.
     Para mi la soledad es un recurso que hay que saber utilizar, si la vemos desde el punto de vista práctico podemos convertirla en una aliada, en una forma de encontrarnos con nosotros mismos y descubrir cosas que antes no veíamos por falta de objetividad. La soledad es como el timón de un barco, solo lo puede manejar una persona, y solo esa persona puede decidir que rumbo tomar.
     Hace algunos años vi en televisión una entrevista que le hacían a una gran actriz venezolana, Marina Baura, la misma de Doña Bárbara, y en ese momento la periodista, refiriéndose a su reciente divorcio, le preguntó: “¿Cómo se siente ahora que esta sola?” y ella imperturbable le respondió “un momento mija, yo no estoy sola, simplemente no tengo una pareja” y ese precisamente es el punto, la soledad no puede limitarse tan solo a la falta de una compañía sentimental, la soledad abarca todo un mundo ajeno a nosotros mismos y no se puede dejar en manos de otra persona todo lo que se tiene en la vida.
     No trato de ser radical, trato de abrir los ojos a la cantidad de cosas que pueden lograrse en soledad: ese viaje tantas veces postergado, esos amigos que se descuidaron, esa rutina que jamás se cambió, ese libro que tantas veces evadimos, y muchas otras cosas.
    Es sencillo, se puede convivir con la soledad, sin convertirla en una opción sino en una oportunidad, es dejar de verla como un monstruo de 5 cabezas que atormenta de día y de noche sino mas bien como una aliada y cómplice de nuestro desarrollo personal.

Quisiera ser un lirio solitario
de blanca flor, estériles semillas,
engalanar el campo: mi santuario,
morir entre las flores más sencillas.

Quisiera ser la gota separada
bajo el cristal de una cascada herida
mirar desde la roca la enramada
donde empieza la tarde a estar dormida.
Quisiera ser la llama separada
como un pequeño sol del firmamento
para alumbrar de lejos su mirada
convirtiendo en cenizas su tormento

¡Cuánto nos cuesta callar una verdad!
¡Cuánto silencio... señora, Soledad!

Carlos Alberto Gallardo Chambonnet