Tengo un solo hermano varón, se
llama José Luis, creo que debe tener unos 7 años más que yo. La vida fue
injusta con ambos, las circunstancias del destino nos separaron cuando el aún
era un adolescente y yo todavía era un niño, abriéndose una despiadada brecha de tiempo que impidió
que nos conociéramos más. Siendo adultos volvimos a reencontrarnos: yo con
menos cabello y él con más barriga. Le guardo un inmenso respeto y disfruto
cada instante que compartimos juntos. Mientras escribo sonrío recordando nuestras
trampas en el dominó, o lo mal que canta, o lo infantil que se comporta cuando
es navidad y junto a mi hijo arman un desorden con los fuegos artificiales. Mi
hermano no se parece a nadie, es increíblemente único, puede aparentar
inocencia y a la vez su sola presencia inspira una seguridad absoluta, como si
nada malo pudiera ocurrir cuando él está. Mi madre lo ama porque, ante la ausencia
de la figura del padre, siendo muy joven tuvo que arreglárselas para ocupar ese
lugar en nuestra familia. Le conocí dos debilidades: las mujeres (esa costumbre
de abrirles la puerta del carro y cerrárselas suavemente una vez que ya estaban
adentro, esa manera cariñosa de decirles “mi amor” o “mi vida”, esa inesperada
parada en la autopista para comprar una rosa y entrégaselas sin otro aditivo
que una dulce mirada) y la pintura (las hermosas réplicas de los cuadros de Dalí,
las figuras desnudas remarcadas con carboncillo, las letras góticas en
diferentes planos) que formaban parte de su mundo personal, de su muro impenetrable.
Lo
mejor de todo es poder aplaudir la maestría de Dios cuando a través de una
prolongada pausa puede colocar todo en su sitio, hace que me sienta satisfecho
de la vida, que pueda mirar a los ojos a mi hermano y que ni una sola palabra
importe, sabemos que el cielo nos pertenece, que la esperanza perdura, que más allá
de un tiempo no vivido podemos y estamos
juntos, que no existirá duda de que el amor está en el aire, que hay una misma
sangre corriendo dentro nuestro, que no hay guerra ni holocausto capaz de
impedir lo que en nosotros es posible, que yo sigo siendo el niño y él sigue
siendo el adolescente, pero con más espacio en el corazón y con más ganas de
celebrar…

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