martes, 11 de agosto de 2020

De mi hermano


               Tengo un solo hermano varón, se llama José Luis, creo que debe tener unos 7 años más que yo. La vida fue injusta con ambos, las circunstancias del destino nos separaron cuando el aún era un adolescente y yo todavía era un niño, abriéndose  una despiadada brecha de tiempo que impidió que nos conociéramos más. Siendo adultos volvimos a reencontrarnos: yo con menos cabello y él con más barriga. Le guardo un inmenso respeto y disfruto cada instante que compartimos juntos. Mientras escribo sonrío recordando nuestras trampas en el dominó, o lo mal que canta, o lo infantil que se comporta cuando es navidad y junto a mi hijo arman un desorden con los fuegos artificiales. Mi hermano no se parece a nadie, es increíblemente único, puede aparentar inocencia y a la vez su sola presencia inspira una seguridad absoluta, como si nada malo pudiera ocurrir cuando él está. Mi madre lo ama porque, ante la ausencia de la figura del padre, siendo muy joven tuvo que arreglárselas para ocupar ese lugar en nuestra familia. Le conocí dos debilidades: las mujeres (esa costumbre de abrirles la puerta del carro y cerrárselas suavemente una vez que ya estaban adentro, esa manera cariñosa de decirles “mi amor” o “mi vida”, esa inesperada parada en la autopista para comprar una rosa y entrégaselas sin otro aditivo que una dulce mirada) y la pintura (las hermosas réplicas de los cuadros de Dalí, las figuras desnudas remarcadas con carboncillo, las letras góticas en diferentes planos) que formaban parte de su mundo personal, de su muro impenetrable.  

                Lo mejor de todo es poder aplaudir la maestría de Dios cuando a través de una prolongada pausa puede colocar todo en su sitio, hace que me sienta satisfecho de la vida, que pueda mirar a los ojos a mi hermano y que ni una sola palabra importe, sabemos que el cielo nos pertenece, que la esperanza perdura, que más allá de un tiempo no vivido podemos  y estamos juntos, que no existirá duda de que el amor está en el aire, que hay una misma sangre corriendo dentro nuestro, que no hay guerra ni holocausto capaz de impedir lo que en nosotros es posible, que yo sigo siendo el niño y él sigue siendo el adolescente, pero con más espacio en el corazón y con más ganas de celebrar…
 
 

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