Hace unos días visite a mi mamá y nos sentamos a conversar en el patio de atrás de su casa refugiándonos del sol inclemente de la 1 de la tarde. Hablábamos de cosas sin importancia, ella me contaba el problema del agua que viene de noche pero no de día, de las nuevas palabras que ha aprendido a decir Sebastián, de sus ganas de pintar el porche, y yo la escuchaba paciente porque siempre me han gustado sus gestos y sus expresiones. Mi mamá tiene un don muy particular: sabe transmitir una emoción como ninguna otra persona, sabe conseguir atención si se lo propone y envuelve por su falta de monotonía, por la variedad de sus palabras y por su creciente deseo de seguir hablando mientras mas atención se le presta. Pero hubo un momento en que se dio cuenta que yo quería decirle algo y entonces hizo una pausa larga para encender un cigarrillo, me miró y me preguntó: - ¿y a ti como te va?- Y ese, precisamente ese, era el punto clave, me iba bien pero me sentía mal. Comencé a hablarle de ese vacio inexplicable que se siente cuando se deja de amar y cuando pasan los días y no aparece nadie más a quien querer. Le dije que me sentía tan neutro como deben sentirse las almas errantes del limbo de Dante, que en mí no había amor por nadie, no había dolor ni pena, que simplemente estaba pasando por un periodo de absoluta “sequia sentimental”. Le dije que aparte del 14 de febrero era necesario crear el “día de los desenamorados” para personas que, como yo, ya dejaron de amar y estamos atentos y vigilantes a la espera de esa persona especial que nos arranque de un tajo el corazón. Un día para aquellos que somos felices con la persona que tenemos al lado pero que por la cual sentimos mas agradecimiento que amor. Un día en que los restaurantes estén repletos de solteros alegres que se emborrachen y terminen rompiendo platos como en las bodas griegas. Un día en que el mejor regalo sea despertar en una panadería comiéndose una caracola con café sin la preocupación de hacer mas nada por otra persona que no sea uno mismo.
Mi mamá me escuchaba boquiabierta y cuando terminé de hablar arrugó mas su frente y me dijo: - Si hablas pendejadas, tu lo que estás es falto de mujer!
Detrás de mi Sebastián sacudió sus verdes alas dentro de la enorme jaula y comenzó a imitar la risa despiadada de mi mamá, yo me encogí de hombros y me tomé de un tiro lo que quedaba de mi cerveza, olvidando por completo la novedosa idea de crear un día para personas que, como yo, no han vuelto a enamorarse.
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