La imprudencia en el hablar, la transfiguración de un comentario, la impertinencia de querer saber algo, la calumnia y la mentira, la crítica destructiva y malintencionada, la provocación de un hecho perjudicador, el lenguaje irónico y con doble sentido, la mirada inquisidora, así como el gesto desafiante, llegan a ser los obstáculos que nos encontramos a diario en cualquier lugar y a cualquier hora. Cada quien es dueño de sus acciones pero nadie puede perturbar nuestra voluntad de querer ser feliz, de querer habitar en un mundo cordial y tolerante. Me refiero a este tema porque esta semana estuve reflexionando acerca de lo importante que es una palabra lanzada al viento, del daño que puede hacer una coma mal colocada o un énfasis especial en alguna sílaba. Hace algunos años vi una película llamada “La Duda” donde un sacerdote explicaba que un chisme es como rasgar una almohada y dejar escapar unas plumas que jamás retornarán a su lugar. Un chisme deja huellas, hace daño y no da cabida a la razón ni a la explicación válida, convirtiéndose en la marca imborrable y perpetua para la persona afectada. Cada palabra que digamos debe estar precedida por unas milésimas de segundo de reflexión, los grandes oradores se toman ese tiempo que les permite colocar la intencionalidad de una frase en el lugar adecuado, dando importancia al hablar pausado, permitiendo que el pensamiento trabaje y reacomode lo que dirán.
Por mi parte he aprendido a utilizar más los monosílabos, a dar respuestas cortas, a decir “un momento, déjame pensar”, a mirar a los ojos cuando estoy seguro de algo y a bajar la mirada para decir “no lo sé”. También estoy tratando de escuchar más y hablar menos, a huir de las discusiones que son manejadas con la pasión y sin la razón, a saber que mi fortaleza radica en reconocer que las fallas comunicacionales están en mí y no en el otro, a guardarme la palabra “disculpa” para un momento verdaderamente necesario.
En un mundo que avanza a una velocidad casi vertiginosa es necesario reflexionar acerca del modo de comunicarnos, a manejar de forma responsable el músculo mas fuerte que tiene nuestro cuerpo, esa lengua capaz de hacer tanto daño pero a la que tan sólo basta agregarle una pizca de prudencia y un toque de buena intención.
“Porque de la abundancia del corazón habla la boca”
Mateos 12:34
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