Existe una encrucijada en la vida, un momento en que me doy
cuenta que no tengo la razón, cuando el orgullo me devora y me arropa la
vergüenza. Suena incomprensible pero les voy a decir que no me refiero sino a
esa sensación de creer que todos mis presentimientos son ciertos, que todas mis
sospechas existen y que a final de cuentas no eran ciertos los presentimientos
ni existían tales sospechas. Juzgo sin razón y me apropio de deudas ajenas, y
convivo día tras día con la preocupación de una amenaza que jamás ha existido.
Todo se reduce a algo tan simple como el despertar de una conciencia
secuestrada por un ego absurdo y sin razón, por abrazar con temor una duda, por
acudir desesperadamente a la odiosa alternativa de “creer que”.
Y así hiero corazones, maltrato sueños y empujo esperanzas
hacia el vacío de la injusticia. Son palabras duras para mí mismo, porque un
acontecimiento me hizo ver las cosas diferentes, porque merezco la cachetada a
mi soberbia, una palmada limpia y elegante en mi rostro, que golpea y me
sacude, que hace que me espante de mi mismo, que huya de mi reflejo.
Querido amigo que lees estas líneas, no permitas que tu
criterio prevalezca por encima de todo, trata de mirar dentro de ti, calcula
tus fallas y abre bien tus ojos porque tu carácter puede jugarte una broma muy
desagradable, deja de aspirar y aprende a expirar, suelta tus temores y
encuentra ese equilibrio mágico que te permita abrir tu corazón a las personas que
piensas (crees) que te lo han cerrado.
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