Soy de los que
piensan que el amor verdadero llega una sola vez y vive para siempre, nos hace
suspirar y deja que algo se estremezca entre las costillas: las mariposas que
se quedan viviendo allí y que luego se alborotan con los recuerdos. Cuando uno
se enamora suceden cosas que no se repetirán jamás: la lentitud de un beso en
los ojos, el conocimiento de cada detalle de un cuerpo, una risa entrometida
entre labios que no quieren separarse, una noche y una luna envidiosas, dos
pieles y una sola temperatura, un adiós hasta ver desaparecer una sombra, los
residuos que quedaron de un olor en la almohada, o despertar en la madrugada y
acercarse para sentir el aliento de una respiración.
El amor es
maravilloso, y cuando sucede permanece en nuestras vidas como un magnífico
estigma que descubre lo mejor en uno y la capacidad que tenemos de proporcionar
bienestar a otra criatura extraña. Es sencillo, el amor llega sin aviso y
siempre inoportunamente, congela el resto de las cosas y comienza a jactarse de
su indispensable presencia, de su aristocrática gracia, de su manera
dictatorial de decir “aquí me quedo”.
Cuando el amor
se marcha soñamos todos los días con volver a encontrarlo y a pesar de muchos
esfuerzos logramos entender que es imposible buscar algo que seguirá viviendo
para siempre en nosotros mismos. El amor se disfraza de persona, pero en
realidad no es mas que un soplo que nos mantiene vivos, que nos hace útiles
ante un destino prestado, mientras seguimos montados en el vagabundo tren
llamado vida.
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