Pronto habrá transcurrido un año
desde el matrimonio de mi hijo, y tal como lo dije a la hora del brindis fue un
momento muy feliz en mi vida. Era el niño convertido en hombre preparando el
terreno para formar su nueva familia, para descubrir un mundo de responsabilidades
en solitario, el único momento en la vida de un hijo donde los padres no somos
indispensables. A partir de entonces yo tuve que entender que el tiempo aceleró
su marcha, no pasó como en otros casos donde este tipo de situaciones tardan un
poco mas en llegar, simplemente el muchacho se me casó. La recepción fue
sencilla y sobró la alegría, mi hermana que se encuentra con su nieta y la
abraza y se humedecen los ojos al contacto, mi cuñada embarazada que me pone a
correr por un antojo de ensalada de gallina, mi mama apretando el vaso de cerveza porque el
bendito mesonero a cada rato pasa queriendo llevárselo, los incontables primos
de la novia pidiéndome que les tome una foto con sus celulares, el notario y la
mamadera de gallo con el apellido del novio… en fin, fue una noche sublime, parecíamos
envueltos en una nube mágica donde todas las miradas compartían el mismo
encanto y las mismas esperanzas de felicidad.
Solo me molestaba cuando alguien se
acercaba a felicitarme a mi, como si se tratara de algún logro mío, cuando lo
cierto es que no puedo vanagloriarme de haber sido un buen padre, me quedaron
muchas cosas por hacer y las pocas que hice me salieron mal, la explicación lógica
de tan maravilloso resultado es la capacidad increíble que tiene mi hijo de
perdonar y de no guardar rencor por las tantas faltas de atención, por la
desmotivación y por mi estúpida idea de creer que los hijos jamás crecen.
Ahora lo veo y le doy gracias porque
me siento indultado, porque su amor superó los obstáculos que yo le puse y
porque (el no lo sabe) cada momento de su felicidad es un aliento de vida para
mi.

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